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A las madres de la tierra
La obra está dedicada a “A las madres de la tierra”: a todas aquellas mujeres que durante generaciones sostuvieron, muchas veces de manera silenciosa, la vida de sus familias y de sus pueblos. Mujeres que cuidaban de sus hijos, de sus casas y de sus mayores, pero que al mismo tiempo trabajaban la tierra, sembraban, recogían, seleccionaban y cuidaban los cultivos.
Porque detrás de un pimiento no solamente hay una tierra fértil, una semilla, agua y trabajo. Hay una historia familiar. Hay manos. Hay esfuerzo. Hay sacrificio. Y, muchas veces, hay una madre.
Una imagen que habla del pasado y del presente
El elemento central de la composición es una mujer trabajando en el campo mientras sostiene a un bebé junto a ella. No aparece el papel de la madre y el de la trabajadora agrícola como dos mundos separados: ambos forman parte de la misma realidad.
La mujer cuida de su hijo mientras recoge el fruto de la tierra. El bebé está literalmente unido a ella, protegido por su cuerpo, mientras su otra mano se extiende hacia el pimiento.
Esta imagen busca representar una realidad que durante décadas fue cotidiana en nuestros pueblos: criar a los hijos mientras se trabajaba. No había necesariamente una separación entre la maternidad y el trabajo. Los niños crecían en el campo, entre cultivos, herramientas, cajas, cestas y jornadas interminables.
La madre no deja de trabajar porque tiene un hijo.
El hijo no está separado de la vida del campo porque su madre tenga que trabajar.
La vida familiar y la vida agrícola sucedían al mismo tiempo.
Y precisamente ahí reside una de las ideas principales de la obra: la mujer aparece como puente entre generaciones.
En sus brazos está el presente.
En sus manos está el pasado.
Y delante de ella está el futuro.
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Cartel diseñado por Lucía Bodega del Estudio Celestina.
El paso del tiempo como elemento narrativo
Toda la obra está planteada como un diálogo entre lo que fuimos y lo que somos. No se trata de mirar el pasado con nostalgia únicamente. Se trata de entender que el presente no puede explicarse sin él. El blanco y negro y el color representan dos momentos diferentes, pero están completamente conectados, es una manera visual de decir: “Esto ocurrió antes. Esto ocurre ahora. Y una cosa no existiría sin la otra.”
La composición convierte el paso del tiempo en algo visible.
La madre como figura central de la memoria rural
La obra quiere poner el foco en una figura que muchas veces ha quedado en segundo plano cuando se habla del trabajo agrícola: la mujer. Durante generaciones, muchas mujeres asumieron una enorme cantidad de responsabilidades simultáneamente.
Trabajaban en el campo, cuidaban de los hijos, mantenían la casa, atendían a la familia, participaban en las cosechas, organizaban el día a día y todo ello formaba parte de una misma vida.
Por eso la figura de la madre no aparece aquí representada como un personaje idealizado o como una imagen puramente sentimental. Aparece trabajando.
Tiene las manos ocupadas, tiene al niño en brazos. Está dentro del cultivo. Está haciendo aquello que tantas mujeres hicieron durante décadas y precisamente por eso la imagen resulta poderosa: porque no necesita explicar el esfuerzo; lo muestra.
A las madres de la tierra
A las mujeres que levantaron familias mientras levantaban cosechas.
A las que cuidaron de sus hijos con una mano y de la tierra con la otra.
A las que conocían el campo porque formaba parte de su vida.
A las que trabajaron cuando todavía no se hablaba de conciliación.
A las que, junto a sus maridos, construyeron familias imparables, hogares llenos de esfuerzo y proyectos levantados desde cero.
A las que trabajaron codo con codo, compartiendo madrugadas, cosechas, dificultades y sueños.
A las que hicieron posible que sus hijos tuvieran un futuro mientras ellas seguían mirando al cielo para saber si llovería.
A las que enseñaron, con el ejemplo, que el trabajo, la constancia y el amor por lo que se hace pueden abrir cualquier camino.
A las que criaron generaciones de personas trabajadoras, emprendedoras, valientes y con ganas de comerse el mundo.
A las que inculcaron a sus hijos que no había que tener miedo a empezar, a trabajar duro ni a luchar por aquello que uno quería construir.
A las que transmitieron su conocimiento sin saber que estaban construyendo memoria.
A las que quizás nunca pensaron que estaban haciendo historia.
Porque también fueron ellas quienes, desde sus casas, sus campos y sus familias, hicieron crecer un pueblo.
Y a todas aquellas que, generación tras generación, cuidaron de los suyos y cuidaron de la tierra.
Esta obra es para ellas.
Para las que estuvieron detrás de cada cosecha, de cada casa, de cada familia y de cada generación.
Para las que sembraron mucho más que pimientos: sembraron futuro.
Porque cuando hoy recogemos un pimiento de Fresno de la Vega, detrás de ese fruto también están sus manos, su esfuerzo y toda una vida dedicada a sacar adelante a los suyos.
A las madres de la tierra.
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